I DOMINGO DE CUARESMA, CICLO A

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Lecturas: Gn 2, 7-9; 3, 1-7; Rm 5, 12-19; Mt 4, 1-11.

Probablemente nos sentimos sobrepasados por la violencia que está sucediendo en el mundo cada día; porque la violencia, como un virus letal, penetra en muchas dimensiones de nuestra vida personal y social. Para empezar a liberarnos de la violencia y construir un mundo que funcione para todos, hemos de liberarnos de la conciencia de escasez y separación en la que con frecuencia nos movemos. Esa conciencia que nos lleva a pensar que solamente nos podemos afirmar a nosotros mismos si negamos al otro. Hemos de abrirnos a la conciencia de unidad y de abundancia y encontrar maneras colaborativas de trabajar con otros, aunque ellos no vean el mundo como nosotros lo vemos[1].

Esta conciencia de escasez y separación se puede rastrear en muchos textos bíblicos, sobre todo en los que hablan de nuestros orígenes, y que están en los 11 primeros capítulos del Génesis. El relato de la caída de Adán y Eva, que escuchamos este domingo, habla de la ruptura que está a la base de nuestra experiencia humana. Esta ruptura primordial se escenifica con un diálogo entre la mujer y la serpiente:

“La serpiente era el animal más astuto de cuantos el Señor Dios había creado; y entabló conversación con la mujer: ¿Así que Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín? La mujer contestó a la serpiente: ¡No! Podemos comer de todos los árboles del jardín; solamente del árbol que está en medio del jardín nos ha prohibido Dios comer o tocarlo, bajo pena de muerte. La serpiente replicó: ¡Nada de pena de muerte! Lo que pasa es que Dios sabe que, en cuanto comáis de él, se os abrirán los ojos y seréis como Dios, versados del bien y del mal. Entonces la mujer cayó en la cuenta de que el árbol tentaba el apetito, era una delicia de ver y deseable para tener acierto. Tomó fruta del árbol, comió y se la alargó a Adán, que comió con ella[2].”

En un mundo estructurado por las prohibiciones y los castigos, la tentación de controlarlo todo, de controlar el bien y el mal se vuelve apetecible y a la vez peligrosa. El deseo humano de ser omnipotentes, ser “dioses” pero sin contar con Dios ni con su gracia, cristaliza en estructuras sociales que se reproducen y siembran de dolor y desgracia nuestro mundo. Nuestra propia situación de libertad se entrelaza con la violencia estructural, con una serie de factores negativos que actúan contrariamente al bien común y que constituyen un obstáculo difícil de superar para las personas e instituciones. Estas estructuras sólo se vencen cuando nos ponemos al servicio del otro en lugar de oprimirlo para propio provecho, cuando optamos libre y conscientemente por relacionarnos de manera no-violenta con los demás, tal como lo hizo nuestro Hermano y Señor, Jesús.

Es aplastante la presencia de la injusticia, la violencia y el sufrimiento en el mundo. Es como una dinámica expansiva que se expresa en las consecuencias que acarrea la decisión de Adán y Eva de creerle a la serpiente seductora antes que a Dios. Las consecuencias de este “endiosamiento” lleno de soberbia se expresan en símbolos elocuentes:

Lo primero que se lesiona es la relación del hombre con Dios. Si entre Dios y el ser humano existe un estrecho nexo   -un “aliento de vida”, un “deseo” o nefesh común de hondo significado teológico, de modo que al fresco de la tarde se presenta Dios en el jardín para conversar-  con esta pretensión de omnipotencia se rompe esa armonía y cercanía con el Creador. El ser humano se esconde de Él, le teme, es expulsado del paraíso.

La segunda relación lesionada es la que el hombre establece con el mundo, y que se precisa con las actividades típicas del homo faber: “cultivar” y “guardar”. La tierra se vuelve estéril, da espinas y abrojos, y el trabajo se hace alienante y fatigoso hasta perder su sentido y esclavizar al hombre.

Pero la tercera relación, que es la fundamental para humanizarse, es la relación del hombre con sus semejantes. Adán y Eva son socios. Al ver a Eva, Adán exclama: “¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” Al endiosarse, el hombre rompe las relaciones horizontales de fraternidad. El amor y las relaciones se vuelven opacas, turbias: Adán y Eva, en su desnudez, sienten vergüenza el uno por el otro; la vida se tiñe de sufrimiento, el deseo se convierte en sometimiento y dominio. Ya no existe la armonía, sino una relación de poder y posesión.

Jesús hubo de hacer frente a tres tentaciones que expresaban estas tres relaciones lesionadas: La relación con Dios, lesionada por la tentación del prestigio; buscamos resultados exitosos a cualquier precio, establecemos relaciones basadas en la exigencia y el miedo, en lugar de la confianza y la cercanía.  La relación con el mundo, lesionada por la tentación del tener; buscamos la hartura y la satisfacción indebida, en lugar de cuidar de la sobriedad y la mesura en el uso y administración de las cosas. La relación con los demás, lesionada por la tentación del poder; buscamos dominar a los demás en lugar de servirlos amorosamente.

Pero si la caída de Adán “atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de Jesús procura para todos los hombres la justificación, que da la vida.” La firmeza de Jesús al resistir a la tentación y al sugerirnos un camino distinto del tener, del poder y del prestigio, nos redime. Jesús fue libre para darse y repartirse, como pan bueno que alimenta a muchos. Jesús, liberado de la servidumbre de los poderes de este mundo, nos invita a compartir la suerte de los últimos de la tierra. Jesús, liberado de todo apego, nos invita a amar soltando; dejando paso a la donación total de nosotros mismos. Ése es el camino abierto por Jesús. En esta cuaresma se nos invita a recorrerlo.

                                      

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS


[1] Estas ideas provienen de Miki Kashtan. Se puede ver su obra Reveawing our human fabric. Working together to create a nonviolent future, Fearless heart publications, Oakland CA 2014.

[2] Gn 3, 1-6.

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