EPIFANÍA DEL SEÑOR

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Lecturas: Is 60, 1-6; Ef 3, 2-3. 5-6; Mt 12, 1-12.

 

En esta hermosa fiesta de la epifanía del Señor al mundo, celebramos la luz que brilla en medio de las tinieblas. “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti.” “Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna” (1Jn 1,5). Y esa luz brilla sobre todo y sobre todos, no deja a nadie fuera, se manifiesta al mundo entero.

 

Las divisiones que solemos establecer los humanos no tienen lugar en el Misterio de Dios. Para Él no hay “creyentes” ni “ateos”, “paganos” o “fieles”. Su luz brilla para todos. “Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos; pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y acudirán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora.”

 

Este Misterio de Luz se puede experimentar a través de una pluralidad de caminos y de múltiples religiones, puesto que la humanidad es plural y múltiple. Esa sabiduría, plural y múltiple, está representada en la figura de los magos de oriente que aparecen en el evangelio de Mateo. Estos magói tón anatolón representan la sabiduría ancestral de lejanas tierras, tierras exóticas y distantes para el mundo conocido. “El uso del término mágos entre los griegos es mucho más antiguo que el de magéia (magia). Se remonta a los primeros contactos de las colonias joánicas con el imperio persa, careciendo originalmente de cualquier connotación negativa…el mágos no era para los griegos más que un tipo particular de especialista religioso propio de la cultura persa…esta acepción del término se mantiene en las obras historiográficas y es reivindicada por aquéllos autores (es el caso de Mateo) que identifican los conocimientos de los antiguos mágoi persas con formas exóticas o ancestrales de sabiduría.”[1]

 

La figura de los magos representa, pues, a las escuelas y tradiciones de sabiduría de la humanidad. En cambio la figura de Herodes y de Jerusalén representan, en el caso del Evangelio que hoy leemos, a la dinámica del poder y a los poderosos de este mundo, ya sea que ejerzan un poder civil -como el gobernador Herodes el grande que fue famoso por su crueldad-, o un poder religioso -como los sumos sacerdotes y los escribas del pueblo que aparecen en el texto.

 

El Misterio de Luz se manifiesta a todos, pero no todos lo reciben de la misma manera. El anuncio gozoso y salvador en el que se encarna esta Luz es el mismo para unos y para otros: “ha nacido el rey de los judíos.” Pero Herodes y los magos – quienes buscan la sabiduría y quienes detentan el poder- reaccionan de manera muy diversa ante el mismo Misterio.

 

Cuenta Mateo que, al escuchar el anuncio de los magos, “Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías.” Luego, llamó en secreto a los magos, se informó por ellos acerca del tiempo de la aparición de la estrella y los despachó a Belén, diciéndoles con engaño y malicia: “Id e informaos cuidadosamente acerca del niño; y cuando lo halléis, anunciádmelo, para que también yo vaya y le adore”. Y cuando se entera de que los magos volvieron por otro camino, “sintiéndose burlado, se enfurece sobremanera y envía matar a todos los niños que había en Belén y en todos sus confines, de dos años abajo, conforme el tiempo que había averiguado de los magos.” (Mt 2, 16)

 

En este modus operandi de Herodes, podemos reconocer la reacción típica del poder, cuando se siente amenazado: se llena de turbación y temor, se informa y averigua, seduce en secreto y con engaño y -en no pocas ocasiones- reacciona con lujo de violencia.

 

Veamos ahora la reacción de los magos, que representan a los sabios buscadores. Cuando ven brillar la estrella de la sabiduría, aunque se manifieste sólo como una pequeña luz en la oscuridad, se “alegran con alegría grande en extremo” y se ponen en camino. Dejan el terreno conocido, y se aventuran en medio de la noche. Investigan, preguntan, se movilizan sin aferrarse a su propio saber o sus propias certezas. Y cuando llegan al final del camino, saben reconocer la grandeza de lo pequeño: el Misterio de Luz manifestado en una humilde mujer y su pequeñito envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y se rinden ante este Misterio, ofrendándole sus riquezas, lo mejor que tienen.

 

Estos magos “impulsados sólo por su convicción, apoyados en señales muy indefinidas, tuvieron que desprenderse de muchas cosas -sus reinos, sus súbditos, amistades, intereses de todo tipo- y seguir adelante…sin saber hacia dónde iban y apenas para qué…Los obstáculos fueron muchos y arduos, y reclamaron de ellos un valor excepcional. Y cuando finalmente llegaron al término de su viaje, lo encontraron todo, porque encontraron al Niño con su Madre, y volvieron profundamente felices, puesto que habían entendido el Misterio[2].”

 

Aquí se retratan dos lógicas distintas: la de quienes buscan el poder y la de quienes buscan la sabiduría. Los primeros se muestran desconfiados, violentos, temerosos ante la Luz. Los segundos, inundados de alegría, buscan, se postran y ofrecen. Y nosotros, cuando nos afanamos por buscar personalmente el Misterio de la vida, ¿seguimos la lógica del poder o de la sabiduría? Si seguimos la segunda, nos pondremos en camino, nos dejaremos guiar por las pequeñísimas luces que brillan en nuestras oscuridades, ensayaremos caminos nuevos para llegar al Misterio. Y cuando lo encontremos, nos postraremos y le ofreceremos todos nuestros dones: el oro de nuestras riquezas, el incienso de nuestra adoración y la mirra de nuestras debilidades y sufrimientos.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

[1] E. MIQUEL PERICÁS, Jesús y los espíritus. Aproximación antropológica a la práctica exorcista de Jesús, Sígueme, Salamanca 2009, p. 76.

[2] Janet Sturat, rscj (1857-1914), Prayer in faith.

Imagen destacada: La Epifanía del Señor,  Peter Paul Rubens, España 1609.

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