DOMINGO DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

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Lecturas: Hch 10, 34a. 37-43; Col 3, 1-4; Jn 20 ,1-9.

Hoy recibimos la gran noticia, lo que sucedió hace dos milenios “en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a los que hubieron comido y bebido con él después de su resurrección.”

María Magdalena, y luego los otros discípulos, fueron al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vieron el sepulcro vacío. El que había sido crucificado no estaba ya en el lugar de los muertos, sino que ahora los acompañaba resucitado y glorioso, rebosante de Vida, y se presentaba en medio de la comunidad. Desde entonces, una incontable multitud de testigos ha visto y ha creído lo que anuncia el testimonio unánime de los profetas y toda la Escritura: que Jesús ha resucitado de entre los muertos.

¿Resucitar de entre los muertos? ¿Qué significa esto? En primer lugar significa que ese Jesús, que había muerto en absoluto fracaso y soledad, ¡ahora vive! Cristo Jesús vive una existencia nueva junto a Dios, Dios lo resucitó, lo levantó por la fuerza de su Espíritu de vida.

En segundo lugar, esto quiere decir que “No hay que buscar entre los muertos al que está vivo” No hay que buscar a Jesús en lo que está muerto…No hay que buscarle en ritos vacíos, en normas antiguas, en doctrinas muertas, sino en la vida que brota por doquier, en los pequeños y grandes signos de vida que brotan aquí y allá. Jesús resucitado está en el amanecer y la naturaleza, en la familia y los seres queridos, en los amigos y en la comunidad. También está en la asamblea que se reúne en su nombre y en los hombres y mujeres de buena voluntad. El Señor está en lo mucho que podemos gozar y disfrutar todos los días.

Y esto también significa que Jesús resucitado sale a nuestro encuentro, como salió al encuentro de los primeros discípulos. Y así nos constituye en testigos suyos, como María de Magdala, como los caminantes de Emaús, como Pablo encontrado en el camino de Damasco. Porque Jesús sigue vivo, pero ya no es visible en el mundo. La única manera como puede hacerse ahora presente es a través de nosotros, sus discípulos y discípulas de hoy. A todos nosotros se nos entrega su Espíritu para que lo hagamos presente en el mundo y seamos su memoria viviente.

El evangelio de hoy nos pinta un cuadro sugerente. Todos los personajes que aparecen, lo hacen corriendo agitados, con un montón de sentimientos vivos en ellos: la sorpresa, el asombro, la ansiedad, la duda, el sobresalto. Son personajes llenos de vida. María, al ver la losa quitada del sepulcro, echa a correr y va donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.”

Pedro y el otro discípulo echan también a correr hacia el sepulcro. El joven es más veloz y llega antes que Pedro, pero no entra; espera a que Pedro lo haga primero. Podemos imaginar a estos dos, con el corazón en la boca, retorcidas las tripas por el estupor, embotada la cabeza ante lo que observan: “las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza a Jesús, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte.”

El “otro discípulo”, el que llegó antes al sepulcro, “vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.” Ojalá también nosotros veamos y creamos, sin perdernos en disquisiciones teóricas tratando de explicar qué significa “materialmente” el hecho de la resurrección.

Veamos y preguntémonos cómo estamos haciendo presente hoy a Jesús en el mundo quienes decimos seguirlo. Cómo lo hacemos vivo y actuante en nuestra manera de ser y de pensar, en nuestras actitudes, valores y horizontes. ¿Actualizamos la fuerza que Cristo posee de resucitar lo muerto, acrecentando nuestra capacidad creativa, intensificando nuestro amor, generando vida, estimulando todas nuestras posibilidades, abriéndonos con confianza al futuro, orientando nuestra existencia por los caminos de la entrega generosa, el amor fecundo, la solidaridad generadora de equidad?

Plantémonos de cara al mundo que nos toca vivir, cada uno en nuestra circunstancia concreta. Hay mucho que hacer para llenar de vida al mundo. Cada uno puede encontrar su “nicho de oportunidad” para contribuir al proceso de rejuvenecimiento y de resurrección del mundo. Quizá lo que nos toque hacer es una humilde contribución, pero no hay contribución que sobre.

Yo hoy quiero invitarte a que te preguntes si estás cuidando tus relaciones, para que en el mundo haya más vida. Las relaciones de todo tipo: familiares, laborales, comunitarias, constituyen la parte más importante de nuestra vida. ¿Has profundizado en tus relaciones para mejorarlas? En primer lugar, tu relación contigo mismo: al permitirte identificar lo que está vivo en tu interior, tus sentimientos y necesidades, puedes experimentar el alivio de la auto-conexión. Después, tu relación con los demás: al escuchar empáticamente lo que está vivo en los otros, sus sentimientos y necesidades, puedes experimentar el alivio de la compasión.

Cuánto hay que trabajar para superar lo que nos avejenta el corazón, lo que lo endurece: cobardías, perezas, desgastes y cansancios que nos podrían encerrar en la muerte, instalándonos en un egoísmo estéril y decadente, en una utilización parasitaria de los otros o en una indiferencia y apatía total ante la vida. Cuánto hay que sembrar de vida para cambiar nuestra matriz de lenguaje y nuestros modos de relación. Para emprender un camino de vida, libre de violencia, por el que podamos comunicarnos como seres humanos, observando sin juzgar ni evaluar, conectando con nuestros sentimientos y cuidando de nuestras necesidades, haciendo peticiones que sirvan a la vida. Esta es también una humilde contribución a favor de la Vida y de la Resurrección.
Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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