DOMINGO DE RAMOS O DE LA PASIÓN DEL SEÑOR

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Lecturas: Is 50, 4-17; Flp 2, 6-11; Lc 22, 14-23,56.

Iniciamos la Semana Santa con el Domingo de Ramos o de la Pasión del Señor. Este es un momento propicio para reflexionar acerca del conflicto en nuestra vida. El hacer memoria del drama que vivió Jesús, nuestro hermano y Señor, arroja luz sobre la manera que tenemos nosotros de afrontar el conflicto.

Es muy importante contextualizar históricamente la muerte en cruz de Jesús para no desvirtuarla. La manera como murió Jesús tiene mucho que ver con la manera como vivió. La orientación de toda la vida de Jesús fue la proclamación del Reino de Dios. Así inicia Marcos la narración de su evangelio: “Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar la Buena Noticia de Dios. Decía: Se ha cumplido el plazo y está cerca el reinado de Dios. Arrepentíos y creed en la Buena Noticia.” (Mc 1, 14-15) Jesús empezó su ministerio cuando arrestaron a su admirado maestro, el profeta del desierto. Y terminó su predicación del Reino siendo él mismo arrestado, como Juan el Bautista. El compromiso valiente de Jesús con su anuncio del Reino y su llamada a la conversión fue lo que lo llevó a la muerte de cruz.

Jesús fue un hombre en permanente conflicto con las autoridades de su tiempo. Su actuación a favor de la vida le ganó múltiples y poderosos adversarios. Por eso, su muerte en cruz es sólo la culminación de una escalada de violencia y amenazas que estuvo presente a lo largo de su vida pública, siempre. Digamos que la muerte violenta no lo cogió por sorpresa. Aunque quizá no sabía los detalles, Jesús pudo contar con la posibilidad de una muerte violenta, mucho tiempo antes de que ésta lo alcanzase.

Aquí cabe hacer una aclaración: conflicto no es sinónimo de violencia. La violencia es siempre evitable. El conflicto, en cambio, es inevitable, puesto que es un ingrediente de la vida. Si los conflictos que vivió Jesús derivaron en violencia, fue por la incapacidad de sus adversarios; porque lo vieron como un enemigo peligroso al que había que quitar de en medio para no afectar sus intereses.

El conflicto es inevitable. Eso lo sabía Jesús; y por eso afrontó los conflictos que la vida le presentaba sin atacar, huir ni congelarse ante ellos. Más bien, respondiendo siempre con lucidez y compasión. Y lo hizo dándole sentido a los conflictos y buscando el punto de unión con sus adversarios, leyendo el corazón de sus interlocutores y respondiendo a sus necesidades más reales. Y cuando el desenlace final se hizo inevitable, sacó lo mejor de sí mismo para estar a la altura de tan difíciles circunstancias.

Porque Jesús, a pesar de haber sido abandonado por todos y de haber sufrido una muerte horrible, no murió en total desesperación. Él murió como vivió: entregándose por amor, al Padre y a nosotros, por eso es Sacerdote. Pero murió también injustamente; por eso es Víctima, porque fue victimado. Eso es lo que afirma la carta a los Hebreos: “Por eso tenía que ser en todo semejante a sus hermanos, para poder ser un sumo sacerdote compasivo y acreditado ante Dios para expiar los pecados del pueblo.” (Heb 2, 17) Y más adelante, dice: “Él no necesita, como los otros sumos sacerdotes, ofrecer cada día sacrificios, primero por sus pecados y después por los del pueblo; pues eso lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.” (Heb 7, 27)

La muerte de Jesús, que fue muerte horrenda a los ojos de los hombres, mirada desde el Amor se convierte en un acto de entrega suprema, en una donación total que trae la vida. La contemplación de este sagrado misterio es la piedra de toque de nuestra fe. No se trata sólo de conmovernos o escandalizarnos ante el misterio de la cruz, sino de asumir la cruz en nuestro compromiso como cristianos. Es decir, se trata de vivir el conflicto como Jesús lo hizo. Esto es lo que significa “cargar la cruz” al estilo de Jesús, sabiendo que la pasión es camino de vida y resurrección.

Jesús supo dar un sentido profundo a su propia muerte. Con dos poderosos gestos, él interpretó y significó su muerte desde el Amor, como un acto de entrega suprema y de donación total. El primer gesto fue el lavarle los pies a sus discípulos. Comenta el cuarto evangelio que “antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Durante la cena, cuando el Diablo había sugerido a Judas Iscariote que lo entregara, sabiendo que todo lo había puesto el Padre en sus manos, que había salido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se quitó el manto, y tomando una toalla, se ciñó. Después echó agua en una jofaina y se puso a lavarles los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba ceñida… Cuando les hubo lavado los pies, se puso el manto, se reclinó y dijo: ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho. Os aseguro que el esclavo no es más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía. Si lo sabéis y lo cumplís, seréis dichosos.” (Jn 13,1-5.12-17)

El segundo gesto fue la fracción del pan: “Mientras cenaban, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y bebieron todos de ella. Les dijo: Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, que se derrama por todos. Os aseguro que no volveré a beber el fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el reino de Dios.” (Mc 14, 22-25)

Jesús nos invita a repetir -no sólo en la liturgia, sino en nuestra vida y particularmente en la vivencia del conflicto- estos dos poderosos y emblemáticos gestos: la diakonía o el servicio humilde representado en el lavatorio de los pies, y la koinonía o la común unidad en el amor representada en la fracción del pan. No se trata de ver quién está en lo correcto y quién está equivocado en medio del conflicto, ni de ver cuál es la mejor estrategia o qué tengo que hacer para salir ganando yo. Se trata de asegurarse de que todas las personas involucradas en un conflicto puedan escucharse plenamente las unas a las otras y permanecer cerca, en comunión amorosa y en servicio humilde. ¿Es esto posible? Jesús, con su manera de afrontar el conflicto durante su vida y con la manera de significar su muerte, nos demuestra que sí lo es.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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