DOMINGO DE RAMOS, CICLO A

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Lecturas: Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Mt 26,14-27,66.

 

Hoy celebramos el domingo de Ramos o de la Pasión del Señor. Estos misterios nos invitan a preguntarnos tres cosas. ¿Por qué mataron a Jesús? Es la primera pregunta, y la respuesta es clara: Jesús murió como vivió. Su compromiso a favor de la vida fue la causa de su muerte.

Jesús pasó haciendo el bien y sanando, y por eso era querido por el pueblo, pues encontraba en él respuesta a sus necesidades. Jesús fue consecuente con su mensaje. Vivió y se desvivió por anunciar el Reinado de Dios, ese acercamiento salvador a todos los que estaban oprimidos y excluidos, a los que quedaban fuera del banquete de la vida. Su manera de acercarse a publicanos y pecadores, de confraternizar con los pobres, de sanar a los enfermos y de liberar a quienes vivían atormentados por demonios alivió a muchos, pero también resultó molesto para otros.

Los jefes del pueblo, algunos doctores de la ley, fariseos y escribas, el grupo de los sumos sacerdotes -todos los que controlaban la religión en Israel- se fueron sintiendo cada vez más incómodos con Jesús, y decidieron acabar con él. Su muerte fue cuidadosamente planeada y ejecutada, con la connivencia de los poderes establecidos por Roma. Inicuamente y contra toda justicia se lo llevaron, lo juzgaron y lo condenaron a una muerte infame, una muerte de cruz. Porque en este mundo injusto, se mata al que estorba los planes de los poderosos.

Esto nos lleva a una segunda pregunta: ¿Por qué murió Jesús? ¿Qué sentido dio él a su propia muerte? Jesús no fue a la muerte totalmente desesperado. Al contrario, este trágico acontecimiento fue vivido por Jesús con un profundo sentido. El sabía que su muerte era el acto de su fidelidad definitiva a Dios y de su entrega suprema a los suyos. Sus seguidores supieron reconocer en la muerte de Jesús el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte.

Jesús fue a su muerte con lucidez y con confianza, con fidelidad a Dios hasta el final y como expresión de servicio hacia los suyos. Eso es lo que expresa la famosa frase del cuarto evangelio: “nadie me quita la vida, yo la doy porque quiero” (Jn 10, 17-18). En esa absoluta libertad, Jesús “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1), y mientras cenaba con ellos tomó un pan y dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”, y luego el cáliz, diciendo “Esta es la sangre de la alianza, derramada por vosotros”(Mt 26, 26-28).

En la última cena, Jesús interpreta su muerte como la entrega por nosotros, su cuerpo roto y su sangre derramada son signo de la Alianza nueva y eterna. Con este gesto de la Eucaristía, Jesús estaba indicando el sentido de su muerte: su entrega no era inútil, sino que era por todos nosotros. Jesús invitaba a los discípulos a beber de su mismo cáliz, a correr su misma suerte. De esta forma, Jesús se mantuvo fiel a Dios y a los hombres, comprometido con la no-violencia hasta el último momento.

La manera como Jesús entró a Jerusalén indica su compromiso a favor de la no-violencia. En un gesto profético y elocuente, Jesús entra en Jerusalén imitando a los césares, que entraban montados en caballos de guerra cuando conquistaban algún territorio. Jesús es Señor, pero su señorío es para humilde servicio; por eso se presenta como rey de paz montado en un borrico. Zacarías profetizaba: “¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna. El suprimirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será suprimido y proclamará la paz a las naciones. Su dominio se extenderá de un mar hasta el otro, y desde el Río hasta los confines de la tierra” (Zac 9, 9-10). A los reyes de la tierra ordinariamente se les representa en imágenes ecuestres, porque los caballos son símbolo de poderío guerrero. La autoridad de Jesús es la de un humilde rey de paz, por eso entra en Jerusalén sentado en un asno.

Jesús murió por nosotros, murió por la paz, murió por la vida; su muerte tuvo un sentido de entrega amorosa y fiel hasta el final. Esto ya nos anuncia una tercera pregunta: ¿Qué significa la muerte de Jesús para nosotros? Jesús hizo de su muerte una semilla de vida para el mundo. Frenó con su entrega la espiral de la violencia y cumplió en sí mismo la palabra de vida que había dejado en sus discípulos: “Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 24). De esta manera, nos ha dejado un ejemplo, para que sigamos sus huellas: si vivimos al modo de Jesús, nuestra misma vida -e incluso nuestra muerte- pueden ser vividas como un acto de entrega, como acto salvador, como revelación del Dios de la vida.

La muerte de Jesús es un acto de entrega; entrega amorosa de Dios a la humanidad, y entrega generosa de Jesús a los suyos, pero también entrega vergonzosa y traicionera de uno de sus amigos que facilitó el prendimiento del Maestro. Nosotros podemos vivir entregando, y la llamada es a entregarnos por amor y con generosidad, y a evitar caer en entregas vergonzosas y traicioneras como la de Judas o la de Pedro. Entregarnos en las pequeñas cosas, en lo ordinario de nuestro día a día, sabiendo que quien es fiel en lo pequeño, es fiel en lo grande.

La muerte de Jesús es un acto de abajamiento salvador, tal como lo expresa el himno de la carta a los Filipenses que hoy leemos: “Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre.”

La muerte de Jesús, en su pobreza y abajamiento, es revelación del Dios de la vida. Porque la riqueza y la grandeza de Dios sólo pueden comunicarse a través de la pobreza y pequeñez de nuestra vida.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

Imagen destacada: Fresco gótico de la Entrada de Jesús en Jerusalén, de Giotto di Bondone, 1305.

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