DOMINGO DE PENTECOSTÉS

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Lecturas: Hch 1, 1-11; Ef 1, 17-23; Lc 24,46-53.

La cooperación es una necesidad que está inscrita en nuestro código genético. Es una necesidad para sobrevivir y prosperar como especie. Un instinto natural entre las plantas y los animales, incluidos nosotros los seres humanos, no es el de dominar los unos sobre los otros –pensando que sobrevive solamente el más fuerte- sino el cooperar en el mutuo bienestar. Esto es lo que la fiesta de Pentecostés, que celebramos el día de hoy, viene a recordarnos.

Los seres humanos estamos profundamente interconectados entre nosotros, con todo cuanto existe y con el misterio de Dios. Eso es lo que Jesús nos dice, cuando exclama: “Cuando llegue aquel día, comprenderán que yo estoy en mi Padre; ustedes en mí y yo en ustedes…El que me ama de verdad se mantendrá fiel a mi mensaje; mi Padre lo amará, y mi Padre y yo vendremos a él y haremos en él nuestra morada”.

Hemos olvidado esta profunda interconexión, este estar en Jesús y en el Padre con todo y con todos, que es el fundamento de la cooperación. Como civilización hemos estado operando en un modo ferozmente competitivo, durante miles de años. Ejerciendo el poder sobre los demás para ganar ventajas personales, tribales o nacionales. Esta desarmonía en el uso del poder, junto con la falta de atención a las necesidades fundamentales de millones de personas, nos ha conducido a conflictos en escalada, a múltiples guerras y a una devastación sin precedente. Hay muchos indicadores económicos, políticos y ecológicos que nos dicen que el modo como nuestra especie humana ha estado operando es ya insostenible y que se requiere un modo nuevo de cooperación y de compartir el poder.

¿Qué significa cooperar? La palabra lo dice. Significa trabajar juntos, operar juntos, actuar juntos. Significa que puede haber un modo de estar juntos en el que las necesidades de todos importen. Un modo de estar juntos, en el que se privilegie el poder-con otros, antes que el poder-sobre otros. Construir fundados en el poder-sobre, significa que tú determinas qué es lo mejor y lo correcto para tus hijos, tus alumnos, tus empleados, tus gobernados o tus feligreses. Finalmente, tú eres el padre, el maestro, el jefe, el gobernante o el pastor. Si estamos en esta sintonía, nos pasaremos la mayor parte de nuestro tiempo aleccionando, advirtiendo, arguyendo, analizando, intentando controlar de mil maneras el comportamiento de los demás, “educando” a través de castigos y recompensas.

Construir fundados en el poder-con, significa que padres e hijos, maestros y alumnos, jefes y empleados, gobernantes y gobernados, pastores y fieles cooperamos juntos, trabajamos juntos, actuamos juntos, buscamos juntos la raíz de los problemas comunes y acordamos juntos las mejores soluciones y estrategias que cuiden de las necesidades de todos. Si estamos en esa sintonía, nos pasaremos la mayor parte de nuestro tiempo escuchando activamente los sentimientos, necesidades y deseos de nuestros hijos, alumnos, empleados, gobernados o feligreses. Preguntando, buscando e imaginando; sabiendo que si empezamos escuchando, seguramente nuestros propios pensamientos, sentimientos, necesidades y deseos serán escuchados con mayor facilidad, apertura y buena voluntad.

Llevar a cabo el poder-con requiere un tipo de escucha profunda, que atienda no sólo a lo que los otros piensan o hacen, sino a las necesidades y aspiraciones profundas de todos. Puedo perfectamente no estar de acuerdo con lo que el otro piensa, y a la vez ser capaz de escuchar sus necesidades fundamentales. Puede no gustarme nada lo que el otro ha dicho o hecho, y sin embargo mantenerme en la conciencia de las necesidades mutuas: las mías y las suyas. Esta es una práctica que requiere Espíritu, Espíritu Santo.

Y es aquí donde vuelvo al punto de partida, a lo que la fiesta de Pentecostés, que celebramos el día de hoy, viene a recordarnos. Hoy se nos recuerda que hay un lenguaje universal que todos entendemos: es el lenguaje del amor. Dicho de otra manera, es el lenguaje de las necesidades y aspiraciones humanas fundamentales, que es el mismo para todos los seres humanos.

Cuenta el libro de los Hechos que “al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.

“Enormemente sorprendidos, preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.”

La lengua común, la lengua universal que el Espíritu nos sugiere es la lengua del amor. Esto significa, en la práctica, que si vivimos conectados con nuestro ser más profundo, encontraremos que la esencia de todo ser humano es el amor y la compasión. Conectados desde allí, podemos descubrir que todo lo que hemos hecho alguna vez, todo lo que cualquier ser humano ha hecho siempre, o hará, lo hace en un intento de cubrir una o varias necesidades (tenga éxito en ello o no). Todos los actos humanos pueden verse como un intento por cubrir necesidades.

No quiero debatir si esto es verdadero o falso. Digo que esta es una manera de ver las cosas. Y cuando vemos las cosas desde esta perspectiva, o con esta conciencia, cuando puedo ver mis propias acciones, o las acciones de los demás en el contexto de las necesidades humanas, entonces experimento más conexión y compasión. Este es –según yo- el fundamento que hace posible el milagro de Pentecostés por excelencia: la comprensión y la colaboración entre los seres humanos.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

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