DOMINGO DE PENTECOSTÉS, CICLO B

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Lecturas: Hch 2, 1-11; 1Cor 12, 3-7.12-13; Jn 20, 19-23.

Con el domingo de Pentecostés cerramos el tiempo Pascual, tiempo de alegría y de gozo por la vida que florece. En este domingo, día también del nacimiento de la Iglesia, tomo la segunda lectura como eje, porque en ese fragmento de la carta a los Corintios Pablo expresa tres “acciones” esenciales del Espíritu en nuestra vida: Gracias al Espíritu podemos tener una experiencia verdadera de Dios. Gracias a este Pneuma podemos acoger la diversidad como una buena noticia. Gracias a la Rúah podemos articularnos los creyentes como un organismo vivo y palpitante.

La de Corinto no era una comunidad fácil para Pablo. En Corinto le tocó vivir una de las más emocionantes y formidables aventuras de su misión apostólica. “Corinto era por entonces una ciudad muy populosa. Capital de la provincia romana de Acaya y residencia oficial del procónsul romano, Corinto se había convertido en uno de los más importantes centros comerciales del Imperio. Estratégicamente situada en el istmo que lleva su nombre, disponía de dos puertos para el tráfico marítimo: Cencreas para las rutas orientales y Lequeo para las occidentales. Pero precisamente por todas estas razones, en Corinto se daban cita toda clase de cultos y creencias religiosas, y la ciudad era terreno abonado para las conductas y costumbres más licenciosas imaginables. Hasta tal punto había adquirido Corinto una bien cimentada fama de ciudad alegre y libertina, que se había hecho proverbial la expresión “vivir como un corintio” para referirse a alguien de conducta notoriamente inmoral. Era sobremanera famoso y conocido en toda la cuenca mediterránea el templo de Afrodita, la diosa del amor, donde más de un millar de servidoras de la diosa ejercían en su honor la prostitución sagrada.[1]

El contexto es relevante para comprender a fondo las tres acciones del Espíritu a las que aludo. En este vasto “mercado religioso”, en el que sobraban las ofertas, Pablo declara: “En cuanto a los dones del Espíritu, no quiero, hermanos, que desconozcan lo que a ellos se refiere. Ustedes saben que cuando eran paganos, se dejaban arrastrar ciegamente hacia los ídolos mudos. Les hago saber al respecto que nadie impulsado por el Espíritu de Dios puede exclamar: “maldito sea Jesús”; como tampoco nadie puede proclamar: “Jesús es Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo.”

En una ciudad en la que la experiencia de lo místico y lo divino se presentaba en formas tan variadas, y a veces tan “licenciosas”, Pablo afirma que el único capaz de suscitar una verdadera experiencia de Dios –que no sea mero entretenimiento, sino que transforme la vida a fondo- es el Espíritu. Qué importante recordatorio para nuestra época, en la que urge suscitar espacios de verdadero encuentro con Dios, de verdadera experiencia espiritual. En ello se juega la transmisión de la fe.

Javier Vitoria dice bellamente, al respecto: “Si se adoctrina sobre Dios de manera extrínseca como si se tratara de enseñar el nombre de los afluentes del río Ebro, ese procedimiento ya no puede garantizar la transmisión de la fe en esta época, aunque lo hiciera en el pasado. Sin “viajar” hasta el interior mismo de las experiencias humanas de ultimidad, como le gusta denominarlas a J. Sobrino, no es posible hablar con sentido de Dios. Solamente desde ese “hipocentro” se está en condiciones de barruntar que la existencia humana tiene algo muy fundamental que ver con Dios: el encuentro con Dios tiene lugar “del alma en el más profundo centro” (S. Juan de la Cruz). Este descubrimiento de algo que acontece, como si de un seísmo imponente de vida y de salud se tratara, desmorona y desintegra la vieja representación del mundo y de uno mismo y, al mismo tiempo, permite percibir algo impresionantemente nuevo, que modifica por entero la vida y la reintegra nueva y orientada diferentemente… La fe del siglo XXI ya no se apoya ni en una convicción unánime, evidente y pública, ni en un sentimiento religioso generalizado, previos a la experiencia y a la decisión personales. La crisis de su transmisión está dando prácticamente la razón a unas sabias, muy repetidas y poco escuchadas palabras de K. Rahner: “El cristiano del futuro o será un «místico», es decir, una persona que ha «experimentado» algo, o no será cristiano.[2]

Un encuentro con Dios en el que se experimenta a Jesús como el Viviente, que desmorona y desintegra la vieja representación del mundo y de uno mismo y, al mismo tiempo, permite percibir algo impresionantemente nuevo, sólo puede ser obra del Espíritu Santo. Y el que ese encuentro se dé en un marco de tan grande pluralidad como la que se daba en la ciudad de Corinto del siglo I -y como la que se da en nuestras grandes ciudades del siglo XXI- sólo puede ser obra del Espíritu Santo.

De esta fe que nace en medio de la diversidad y la pluralidad habla Pablo, cuando dice que hay diversidad de dones, de funciones, de actividades, pero el Espíritu es el mismo. De esa misma diversidad habla Lucas al narrar, en el libro de los Hechos, el prodigio de Pentecostés. Pues “el Espíritu Santo los llenó a todos, y en seguida se pusieron a hablar en distintos idiomas según el Espíritu Santo les concedía expresarse” (Hch 2, 4). En medio de tan variados lenguajes y modos de expresión como los que hay ahora, el Espíritu logra el milagro de que nos escuchemos, nos comprendamos y nos cuidemos los unos a los otros.

Y es obra del Espíritu Santo el vivificar a la comunidad cristiana para que siga siendo como un cuerpo, es decir, un organismo vivo y palpitante y no un cadáver que huela a muerte. Porque es Jesús resucitado quien sigue soplando sobre los discípulos y diciéndoles: “reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedarán perdonados…” ¡Gracias al Espíritu, todos los creyentes podemos seguir siendo ministros de reconciliación en este mundo tan lastimado y necesitado de ternura y consuelo, pues el Espíritu sigue derramándose sobre cada uno de nosotros!

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] Introducción a la primera carta a los Corintios de la Biblia Hispanoamericana. Traducción interconfesional, Verbo Divino y Sociedades Bíblicas cristianas 2013

[2] JAVIER VITORIA, “Dilatar el umbral de la fe. La mistagogía de la experiencia”, en Iglesia Viva, jul-sep 2007, p. 37.

 

Imagen destacada: Pentecostés, óleo de Jean Restout (1792). Actualmente en el Museo Nacional del Louvre, París.

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