DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, CICLO B

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Lecturas: Hch 10, 34.37-43; Col 3, 1-4; Mc 16,1-7.

 

En este “domingo de los domingos”, día del Señor por excelencia, la liturgia ofrece varias lecturas a escoger. Quiero comentar la de Marcos, porque estamos en el ciclo B y porque ella es el final más antiguo de este evangelista. Pero quiero comentarla completa, ya que la liturgia omite el versículo 8, que es un final muy inesperado para un evangelio. Dice Marcos que, después de ver el sepulcro y a ángel del Señor que les anunciaba la resurrección, las mujeres salieron huyendo. “Iban temblando y como fuera de sí, y por el miedo que tenían no dijeron nada a nadie”. De esta manera, en este impasse, termina Marcos su evangelio.

En una nota a Mc 16, 9-20, la Biblia Hispanoamericana dice: “Según el testimonio de varios manuscritos, entre ellos el Sinaítico y el Vaticano, considerados por los expertos como los más antiguos y mejores, el evangelio original de Marcos terminaría en Mc 16,8. Si realmente Marcos le dio otro final, tal final se habría perdido. El hecho es que una terminación tan sorprendente y poco esperada motivó el que muy pronto se redactaran y añadieran otros finales más apropiados.”

Según la versión del evangelio más antiguo, después de ese oscuro viernes en el que Jesús, el querido Maestro de Galilea, había lanzando un fuerte grito y había muerto, le había seguido el sábado más largo, más vacío y más negro que jamás hubieran vivido los hombres y mujeres que le seguían. Jesús había muerto y con él habían muerto también todas las esperanzas de sus discípulos. Jesús había muerto “en el abandono más desgarrador. En ausencia de sus discípulos, en el silencio del Padre. Sólo estaban allí, mirando desde lejos, porque los soldados romanos no permitían la cercanía de nadie junto a los ajusticiados, unas mujeres que lo habían acompañado en Galilea, ayudándole con sus bienes y su trabajo, y que habían subido con él hasta Jerusalén; entre ellas estaban María de Magdala, otra María, madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé.

“Los discípulos todos, los varones, habían desaparecido; estaban escondidos por miedo, por frustración. Seguramente pensaban que todos los dedos los señalaban, por haberse dejado llevar tras una ilusión. El silencio de Dios, que desautorizaba todo lo que Jesús había dicho y hecho, los escandalizaba; todas las esperanzas que se habían forjado habían sido puro engaño. Había parecido muy bello, pero no era cierto nada.

Así que no querían saber ya nada de Jesús, mucho menos de su sepulcro. Lo único que querían era volver a su vida pasada. Solamente las mujeres, sus fieles seguidoras, María de Magdala, María la madre de Santiago y Salomé, fueron el primer día de la semana, muy temprano, a la salida del sol, al sepulcro para embalsamar y dar honrosa sepultura al maltrecho cuerpo de su Rabonní.

“Entraron en el huerto donde estaba excavado el sepulcro y de pronto se quedaron dudando, y miraban alrededor, a las otras tumbas que había allí. “¿Estás segura de que esta es la tumba? Segurísima -decía María Magdalena- ¿cómo crees que se me olvidará algún día un solo detalle de todo lo que tiene que ver con él?” Porque la piedra estaba rodada a un lado, y eso que era muy grande, y la tumba estaba abierta.

“Con un temor creciente decidieron asomarse dentro de la sepultura; la luz del día apenas comenzaba y no les permitía ver adentro. Y al entrar vieron que el cuerpo de Jesús no estaba allí. Había un joven, vestido de blanco, resplandeciente, sentado al lado derecho, y al verlo se asustaron. ¿Quién era? ¿Qué hacía allí? ¿Dónde estaba Jesús? ¿Qué habían hecho con él?”

El joven les dijo: “No se asusten. Yo sé que buscan a Jesús el de Nazaret, el que fue crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Vean el lugar donde lo colocaron. Ahora vayan y anuncien a sus discípulos, y también a Pedro, que él va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, tal y como él les dijo.”

Oyeron aquello las mujeres y temblando salieron despavoridas del sepulcro; tal era el espanto que se había apoderado de ellas; y regresando a casa no le dijeron nada a nadie, porque tenían miedo…

El temor y la confusión invaden a estas mujeres. No pueden asimilar tan rápidamente que Jesús murió, sí, pero ahora vive. Jesús está resucitando continuamente, en donde está resurgiendo la vida y la esperanza, aunque sea en semilla. Pero sólo se le puede ver y reconocer después de un proceso lento, que implica un seguimiento fiel, como el de las mujeres del evangelio. Un proceso que pide volver a nuestros sepulcros, sabiendo sin embargo que no es en lo muerto que encontraremos al Viviente, sino en la vida que resurge aquí y allá.

Porque a Jesús resucitado y resucitando, lo podemos ver todos los días, si es que tenemos ojos para ver y oídos para escuchar esta buena noticia salvadora: que Dios no lo abandonó al poder de la muerte. Porque Dios no abandona nunca, porque Dios está siempre allí, a nuestro lado, al lado de quienes sufren cruces injustas y muertes horribles. Dios está al lado de los seres humanos siempre, en sus días más claros y en sus noches más oscuras. Esto no es una ilusión ni un engaño. Solo que necesitamos ojos para verlo y oídos para escucharlo.

Ver a Dios no es sencillo, porque ello no nos salva del paso doloroso de la cruz. No nos ahorra el miedo, ni la sorpresa, ni la angustia o la incertidumbre que nos provocan los momentos difíciles de la vida, las pérdidas, los fracasos, las insatisfacciones… Por eso, en los momentos en los que se apodera el miedo o la confusión de nosotros -tal como les sucedió a las mujeres frente al sepulcro vacío- nos queda permanecer y perseverar, con la certeza de que después de la noche la luz del día vendrá.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS

 

Imagen destacada: “La Resurrección“, óleo del pintor danés Carl Heinrich Bloch, en el  Museo de Historia Nacional de Frederiksborg Castle, Hillerød, Dinamarca.

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