CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

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Lecturas: Is 7, 10-14; Rom 1, 1-7; Mt 1, 18-24.

 

Este domingo de Adviento nos trae un hermoso regalo, el saber que Jesús el Nazareno es Emanuel, el Dios-con-nosotros. En Jesús, Dios se ha hecho hombre. Por ello, la encarnación es, en primer lugar, el gran acontecimiento del “Dios con nosotros”, del Dios que se hace historia y que es capaz de iniciar una historia de libertad con el hombre, del Dios que es capaz de llegar a ser hombre en Jesús, para que el ser humano sea capaz de llegar a ser Dios. En el nacimiento de Jesús niño, conocemos a Dios en nuestra carne.

Nuestro Dios actúa encarnándose en nuestra historia. Su gracia no es de ninguna manera una realidad añadida o superior a la realidad pedestre que nos envuelve. Su gracia se manifiesta en nuestra naturaleza. Y por eso a Dios lo encontramos, no allá arriba, sino aquí abajo en el presente, en lo cotidiano, en nuestro día a día. Como acertadamente dice José Ignacio González Faus, al decir que Jesús es Señor estamos diciendo que Jesús es Dios para nosotros, Dios que se anonada hasta la muerte y muerte de cruz. Jesús es también Dios con nosotros (Emmanuel), Dios que se comunica en su Hijo y se hace Palabra. Y Jesús es Dios en nosotros, Dios encarnado y hecho hombre[1].

Por eso las palabras del profeta: “El Señor les dará una señal. Miren: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (que significa “Dios-con-nosotros”),” significan que Dios está allí para nosotros, con nosotros, en nosotros. Para descubrir a este “Dios-con-nosotros” que está presente siempre -no sólo en los momentos luminosos y de éxito sino también en nuestras oscuridades y fracasos- hay que ser capaces de observar los hechos, sin juzgar ni evaluar. Nuestras observaciones de los hechos están siempre mezcladas de juicios, interpretaciones y etiquetas. Es difícil que podamos hacer observaciones libres de juicios. Y son nuestros juicios y evaluaciones lo que nos puede impedir el que descubramos la gracia de Dios, su presencia discreta y continua en los acontecimientos.

Para descubrir a Dios, hay que entrar en su propia lógica, y su lógica es distinta que la nuestra. Esa lógica rompe el discurso de los sabios. Como bellamente dice Benjamín González Buelta, “Donde acaba la ciudad y empieza el miedo, donde terminan los caminos y empiezan las preguntas, cerca de los pastores y lejos de los dueños, en el calor de María y en el frío del invierno, viniendo de la eternidad y gestándose en el tiempo, salvación poderosa para todos en una fragilidad recién nacida, liberador de todos los yugos atado a un edicto del imperio, rebajado hasta un pesebre de animales el que a todos nos sube hasta los cielos, nació el Hijo del Padre, Jesús, el hijo de María.

“Sólo abajo está el Señor del mundo que nosotros soñamos en lo alto. Aquí se ve la grandeza de Dios contemplando la humildad de este pequeño. Aquí está la lógica de Dios, rompiendo el discurso de los sabios. Aquí ya está toda la salvación de Dios que llenará todos los pueblos y los siglos.”

Ateniéndonos a los datos de los evangelios de la infancia, las circunstancias que rodearon el nacimiento de Jesús fueron desdichadas. El nacimiento de Jesús no fue como el de un triunfador, sino como el de un fracasado. Según Mateo, “María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo…” Cuando José se enteró de ese hecho, hizo sus propios juicios y sacó sus conclusiones. Podemos imaginar que se sentiría confuso y destrozado ante la perspectiva de una posible infidelidad por parte de María. Él, que “era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.” Quizá con ello se hacía él mismo responsable del embarazo y evitaba que María fuera lapidada por su conducta adúltera.

La virtuosa resolución de José partía de la lectura que él hacía de los hechos, de sus propios juicios y evaluaciones. Pero esos mismos hechos podían tener una interpretación bien distinta, y eso es lo que José alcanza a comprender en sueños, gracias al ángel del Señor, que le dice: “José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.” Y añade el evangelista: “Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: ‘Miren: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, (que significa “Dios-con-nosotros”).’ Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.”

Aún en circunstancias que podrían interpretarse como oscuras, vergonzosas o pecaminosas, Dios está actuando y revelando lo más puro y luminoso de su luz. En una pobre campesina, que podía haber sido acusada de adúltera, Dios está tomando carne de nuestra carne y haciéndose el Emmanuel, el “Dios-con-nosotros”. ¡Cuántas veces nuestros juicios e interpretaciones de los hechos nos impiden ver con claridad al “Dios-con-nosotros” que se oculta en todo! Para descubrir al Emmanuel hace falta tener ojos para ver con mirada limpia, con mirada nueva; oídos para escuchar con claridad su voz.

Es fácil descubrir a Dios en los momentos luminosos, cuando sentimos paz y alegría en el corazón. Pero cuando nos sucede lo que a José, cuando nuestro corazón se enfrenta a situaciones que no comprendemos y que nos desconciertan, entonces es fácil que apuremos juicios y saquemos conclusiones desacertadas. Es fácil que nos dejemos llevar por nuestra mente y que perdamos de vista al Emmanuel, al “Dios-con-nosotros”. Si nos aferramos a nuestros juicios y pensamientos, seremos incapaces de dejarnos sorprender por Dios y de reconocer su presencia discreta y amorosa en nuestra vida.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

[1] Esta es la tesis central del reciente libro de J. I. GONZÁLEZ FAUS, El rostro humano de Dios. De la revolución de Jesús a la divinidad de Jesús, Sal Terrae, 2007. Ver, sobre todo, el capítulo 1: El Problema, pp. 35-49.

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