II Domingo de Pascua

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Lecturas: Hch 5, 12-16; Ap 1, 9-11a.12-13.17-19; Jn 20 ,19-31.

Ser cristiano no significa creer en una serie de acontecimientos  -inauditos según algunos y totalmente insensatos según otros- como se creería en los cuentos de hadas o en las historias de la mitología griega. Ser cristiano significa un modo de estar en el mundo, a partir de una experiencia vivida. De esto es de lo que nos hablan hoy las lecturas.

La experiencia vivida, no solamente transmitida conceptualmente, es la experiencia de encuentro con Jesucristo vivo. Un encuentro personal que se puede dar, gracias a que existen “lugares” en los que ese encuentro es posible, aunque no siempre se realice. Estos lugares son tres: la Palabra de Dios escrita en la Biblia, la asamblea de los hermanos reunidos en nombre del Señor, y las personas, especialmente los pobres y desechados del mundo, con quienes Cristo se identifica[1]. ¿De que depende que se dé o no el encuentro? Creo que del deseo de un Dios que está siempre dispuesto a manifestarse y darse a conocer. Y del individuo, según esté abierto y disponible a este encuentro.

Este encuentro, sobre todo el encuentro con Jesucristo vivo en los pobres del mundo, no necesariamente se tematiza en términos “cristianos”. Pero -si es verdadero-  cristaliza en nuestra realidad y transforma nuestra vida, llevándonos del “yo” al “nosotros”. Consecuentemente, el nuevo modo de estar en el mundo que se verifica en el cristiano es un modo de estar más comunitario y más solidario con los demás.

El primer lugar de encuentro, la Palabra de Dios escrita en la Biblia, está representada en el inicio del libro del Apocalipsis que hoy leemos. Esta Palabra fue escrita por los testigos de la resurrección del Señor o por sus discípulos, y es leída y proclamada con el mismo Espíritu de Aquél que la inspiró, es decir, de quien es “el Primero y el Último, el Viviente. El que estaba muerto y ahora vive por los siglos de los siglos, y tiene las llaves de la muerte y del abismo.”

Recibimos y acogemos esta Palabra como Palabra de Jesucristo Resucitado, que nos vuelve a hablar ahora a nosotros, como en otro tiempo habló a los discípulos reunidos en el lago de Tiberíades. Y sabemos que, como Juan, nuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la constancia en Jesús, también nosotros estamos invitados a predicar la palabra de Dios, y a dar testimonio de Jesús, para que esta Palabra viva siga llegando a todos los rincones del mundo.

El famoso encuentro de Jesús con Tomás habla del segundo lugar de encuentro: la Asamblea reunida en nombre del Señor. Después de la resurrección de Jesús, los discípulos se reunían por las casas el primer día de la semana, el día del Señor (dominicus). Jesús mismo se pone en medio y les dice: “Paz a vosotros”, enseñándoles las manos y el costado, las señales de su pasión. Los discípulos, entonces, se llenan de alegría al ver al Señor.

Es en la Asamblea reunida en oración en torno al Señor, donde recibimos la tarea de Jesús: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.”  Y es allí donde recibimos el mismo aliento, la misma fuerza que resucitó a Jesús y que ahora nos mueve a nosotros: el Espíritu Santo. Para que seamos en el mundo ministros de la reconciliación, en nombre del mismo Jesús que nos dijo: “a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás el mellizo, uno de los Doce, nos representa a nosotros en nuestras dudas y titubeos, en la increencia que nos invade. ¡Cuánto nos cuesta creer que es Jesús mismo el que viene!, no ya en la terrenalidad de su carne como lo hacía en Galilea, sino ahora resucitado y glorioso, realmente presente aunque invisible. También nosotros podamos exclamar, con toda justicia, que “hemos visto al Señor.”

¿Cómo puede ser esto?, nos preguntamos. ¿Cómo puede seguir teniendo sentido el hacer memoria de alguien que nos invita a esperar más allá de la muerte misma? Sólo cuando nos “manchamos las manos” metiendo el dedo en el agujero de sus clavos y metiendo la mano en su costado. Sólo cuando dejamos de ser meros espectadores y pasamos a ser partícipes del Misterio, podremos convertirnos en creyentes.

No se trata de sostener la actitud escéptica, indiferente o desentendida de quien dice: “ver para creer”, pues Jesús mismo dijo a Tomás: “¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.” Se trata de creer que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y que, creyendo tengamos vida en su nombre. Es decir, confiar y saber que es posible vivir a la manera de Jesús, y reconocer que está vivo en medio de nosotros.

El tercer lugar de encuentro con Jesús vivo  – y que es quizá el más decisivo  pues es el que está al alcance de cualquiera- son las personas, y en concreto los pobres. Este tercer lugar de encuentro lo podemos evocar con la lectura de los Hechos que hoy escuchamos. Nos cuenta Lucas que los apóstoles, al igual que su maestro Jesús, “hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo…La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.”

Cuando participamos activamente en una comunidad, en un grupo de crecimiento o en una asociación civil que trabaja en pro de los más desfavorecidos…cuando los fieles nos reunimos de común acuerdo, entonces aprendemos a relacionarnos de manera distinta. Aprendemos a sanar de nuestros males y a ayudar a los hermanos a sanar. Vamos transformando nuestro entorno, al menos el “metro cuadrado” que nos corresponde. Y así, poco a poco, va creciendo el número de los “creyentes”, hombres y mujeres que recuperan los valores de la comunidad, de la compasión, de la solidaridad. De este modo se acrecienta la esperanza en un mundo más justo y más humano, y más y más personas nos adherimos al modo de vida del Señor.

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

[1] De estos tres lugares de encuentro con Jesucristo vivo habla el no. 12 de la exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in America de Juan Pablo II.

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