II DOMINGO DE CUARESMA, CICLO C

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Lecturas: Gn 15, 5-12. 17-18; Flp 3, 17- 4, 1; Lc 9, 28b-36.


Así como el relato de las tentaciones, también el texto de la transfiguración del Señor es un pasaje cargado de simbolismo. Podemos decir que estos dos textos -las tentaciones y la transfiguración- representan las dos caras de una misma moneda, los dos lados de un mismo Misterio: el Misterio de Jesucristo hijo del Hombre e hijo de Dios.

El domingo pasado se nos presentaba a Jesús tentado, en todo semejante a nosotros los hombres. Jesús sometido a la tentación del tener, del poder, del prestigio, tan frágil como el que más. Ahora, este domingo se nos presenta a Jesús transfigurado y rodeado de luz. A Jesús que participa de la misma gloria del Padre. A Jesús como Aquél en quien se cumplen la Ley y los profetas. Al Resucitado, cuyas vestiduras son blancas, con una blancura que no es posible que nadie logre sobre la tierra. La Cuaresma es preparación para acompañar a este Jesucristo Crucificado-Resucitado, tentado-glorificado, Siervo humilde y Señor glorificado.

Nuestra vida misma, la vida de todo hombre o mujer que viene a este mundo, está hecha de luces y sombras, de sufrimientos y de momentos de gloria. Así también fue la vida de Jesús. Leído desde esta óptica, el texto de la Transfiguración se vuelve especialmente luminoso. Cuenta Lucas que Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Dentro del grupo de los discípulos, estos tres eran sus amigos más íntimos. Ellos fueron los primeros llamados, ellos lo acompañaron en la noche oscura antes de su pasión en el huerto de Getsemaní, ellos lo vieron resucitado y glorioso y fueron sus testigos después entre los hombres.

La montaña elevada, a la que Jesús subió para orar, no es ya la montaña donde Jesús fue tentado por el diablo, no es la “montaña” de nuestro orgullo y nuestra soberbia, del deseo de seguridad y supervivencia, del deseo de poder y control, del deseo de afecto y estima. Esta montaña elevada representa más bien la experiencia de Dios, aquella experiencia  -fascinante y tremenda a la vez-  en la que podemos entrar en íntima amistad con Dios y verle cara a cara. Es la montaña donde podemos “ver la gloria de Dios”. ¡Cuán importante para nosotros es tener experiencia de Dios mismo, no sólo conocimiento intelectual acerca de Él!

Lucas continúa diciendo que, “mientras Jesús oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.” De esta manera, Lucas describe la transfiguración de Jesús, como la participación del Nazareno en la gloria de Dios: su rostro resplandeció como el sol, sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Al mencionar a Moisés y a Elías que conversan con Jesús, Lucas conecta la escena con la gloria de Yahvé en el Antiguo Testamento (AT), pues Moisés representa a la Ley y Elías a los profetas, esto es, ambos representan todo el AT que encuentra su cumplimiento y plenitud en Jesús. En Jesús resplandece la gloria de Dios.

En el AT, la gloria de Dios acompañaba el peregrinar del pueblo en el desierto, manteniendo su presencia en la Tienda del Encuentro, en la Shekiná (Ex 33, 7-11). Después, cuando en tiempos del rey Salomón se construyó el magnífico Templo de Jerusalén, la “nube” de la gloria de Yahvé llenará el Templo (1Re 8, 6-11). Con la llegada de Jesús, esa Gloria divina ya no habita en el Templo, sino en la humanidad del Nazareno. En la versión de Juan, después de la expulsión de los mercaderes del Templo, los judíos preguntan a Jesús: “¿Qué señal nos presentas para actuar de ese modo? Jesús les contestó: Derribad este templo y en tres días lo reconstruiré. Replicaron los judíos: Cuarenta y seis años ha llevado la construcción de este templo, ¿y tú lo vas a reconstruir en tres días? Pero él se refería al templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de la muerte, los discípulos recordaron que había dicho eso y creyeron a la Escritura y a las palabras de Jesús.” (Jn 2, 18-22).

Pedro quiere quedarse en la comodidad del Tabor, sin saber que hay que pasar por la cruz para llegar a la gloria. Por eso, dice a Jesús: “Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” Pedro no sabía lo que decía, no sabía que la pequeñez de nuestra carne limitada es el lugar en el que se escucha la voz del Hijo muy amado de Dios.

El evangelio de Juan presenta la vida de Jesucristo como el lugar en el que la gloria de Dios se manifiesta al mundo. Por eso todo este evangelio es una transfiguración. Todo el evangelio insiste, a cada paso, en la importancia de la visión: quien ve a Jesús de Nazaret, ve la gloria de Dios: “quien me ve a mí –dice Jesús- está viendo al Padre”. De la misma forma que la gloria de la Shekiná estaba presente en Israel, así “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros…y hemos visto su gloria” (Jn 1, 14). Según Juan, todos los “signos” que realiza Jesús revelan la gloria de Dios: el signo de las bodas de Caná, la multiplicación de los panes, la curación del ciego de nacimiento. La carne de Jesús, su humanidad, es el lugar donde la gloria divina brilla y queda manifestada en el tiempo, haciendo presente el origen y anticipando el final. La humanidad de Jesús es el nuevo tabernáculo, el templo de su cuerpo (Jn 2, 21), donde podemos ver al Padre (Jn 14, 9).

La humanidad de Cristo constituye en el Tabor el lugar privilegiado donde la trascendencia puede hacerse visible. Así mismo nuestra carne, nuestra realidad humana concreta con toda su limitación y pequeñez, es el receptáculo donde la gloria de Dios se manifiesta y donde su luz brilla. Somos “cuerpo espiritual” y es a través del cuerpo, es decir, de nuestra realidad concreta y finita, delimitada en el tiempo y en el espacio, como se puede manifestar la gloria de Dios.

No hay que esperar que Dios se manifieste en lo espectacular y en lo extraordinario No. La gloria de Dios se manifiesta oculta en lo humano, en lo cotidiano y ordinario, en la debilidad. La presencia de Dios se manifiesta, a modo de ausencia, en lo necio y lo débil del mundo. Esa es la experiencia de Pablo, que nos anima a confiar en que “Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.”

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

Imagen destacada: La trasfigurazione, de Rafael Sanzio, 1517-1520. Actualmente en el Museo del Vaticano.

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