Lecturas: Jos 24, 1-2.15-17.18b; Ef 5, 21-32; Jn 6, 55.60-69.

 

Seguimos escuchando el discurso del pan de vida del capítulo sexto del Evangelio de Juan. Esta vez, nos encontramos con el desenlace fatal. Después de la invitación de Jesús a comer su carne y beber su sangre, “muchos de los discípulos que lo oyeron comentaban: Este discurso es bien duro: ¿quién podrá escucharlo? Jesús, conociendo por dentro que los discípulos murmuraban, les dijo: ¿Esto os escandaliza? ¿Qué será cuando veáis a este Hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida.”

El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada. En esta sentencia de Jesús no hay un maniqueísmo malsano que desprecie nuestra condición material, sino una contraposición de planos. Porque vivir según el Espíritu significa vivir con criterios evangélicos; en cambio, vivir según la carne es regirse por la propias pasiones y apetitos egoístas. Así, al menos, lo interpretaba el sabio Orígenes.

Cuando Orígenes desarrolla su teoría acerca de la recta interpretación de las Escrituras, alude a la estructura tricotómica del ser humano  –que es cuerpo, mente y espíritu-  para exponer el triple sentido de la Palabra de Dios. Orígenes dice que hay que considerar tres veces lo contenido en las Sagradas Escrituras. Esto es, hay tres niveles de interpretación, que se corresponden con la estructura tricotómica de su antropología y con los tres niveles de cristianos posibles.  Dice así, Orígenes:

“El simple encuentra edificación en la carne de la Escritura (indicamos así el sentido que está más a la mano). Aquel que ha progresado un poco y puede intuir algo más ampliamente encuentra edificación en el alma de la Escritura. El perfecto y aquel que es semejante a aquellos de quien el Apóstol dice: “Hablamos de la sabiduría entre los perfectos, la sabiduría no de este mundo ni de los príncipes de este mundo destinados a la destrucción, sino hablamos de la sabiduría de Dios escondida en el misterio, que Dios ha preestablecido al principio de los siglos para nuestra gloria”, encuentran edificación en la “ley espiritual”, que contiene la “sombra de los bienes futuros”. Así como el hombre está formado de cuerpo, alma y espíritu, lo mismo debemos pensar de la Escritura que Dios ha establecido dar para la salvación de los hombres[1]”.

Como el ser humano es cuerpo, alma y espíritu, así también la Escritura tiene cuerpo, alma y espíritu. Y los cristianos, según sea el grado de profundidad de su seguimiento de Jesús, podrán acceder a uno u otro nivel en la interpretación de la Escritura.

Y así, el cristiano “simple”, que está dominado solamente por sus pasiones egoístas, no puede entender las Escrituras, pues se queda en su sentido más carnal, en el sentido que está más a la mano en los textos bíblicos. No puede llegar a la perla preciosa, al tesoro escondido en la letra, pues no sabe que “las palabras del Señor son espíritu y vida.” Estos son quienes leen de manera literal, fundamentalista, la Biblia.

En cambio, aquél que ha progresado un poco, y se ha esforzado por vivir una fe adulta y bien informada, puede intuir algo más ampliamente y puede aplicar la luz de la Biblia a su vida. Pues las Escrituras nos han sido dadas para escrutarlas más a fondo y para iluminar con ellas nuestro camino: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi camino” (Sal 119,105). Estos cristianos “progresistas” saben aprovechar las Sagradas Escrituras y sacar de ellas aprendizaje para su vida moral. Ellos son los que pueden exclamar, como Simón Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y reconocemos que tú eres el Mesías de Dios.”

Por último, los cristianos, a quienes Orígenes llama “perfectos”, son aquellos que – gracias a una vida totalmente entregada al seguimiento de Jesús- pueden descubrir la sabiduría de Dios escondida en el misterio, que Dios ha preestablecido al principio de los siglos para nuestra gloria. Estos cristianos, al leer las Escrituras, pueden encontrar edificación en la “ley espiritual”, que contiene la “sombra de los bienes futuros”. Ellos podrán encontrar la perla preciosa, el tesoro escondido debajo de la letra de la Biblia, y podrán interpretar alegóricamente la Palabra.

Pero, ¿Quienes son los cristianos perfectos? No son aquellos que nunca se equivocan, ni quienes tienen siempre la razón, sino aquellos que tienen cuidado de portarse, “no como necios, sino como sensatos. Los que saben vivir con prudencia, cuando corren tiempos malos. Quienes comprenden lo que el Señor desea. Los que no se embriagan de vino, sino del Espíritu Santo. Los que saben entonar salmos, himnos y cantos inspirados, cantando y tañendo de corazón en honor del Señor, dando gracias siempre y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.” (Ef 5, 15-20)

Para aprovecharnos de la enseñanza de Jesús, se nos invita a vivir así; y no por voluntarismo, sino porque hemos experimentado al Dios liberador en nuestras vidas. Ese Dios liberador en quien Israel creía, según queda expresado en la Biblia. En uno de los textos más primitivos, el que escuchamos hoy como primera lectura, encontramos la antiquísima profesión de fe de un pueblo que experimenta la liberación gozosa de un Dios que camina con ellos: “el Señor, nuestro Dios, es quien nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto, quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios, nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos que atravesamos. El Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. Por eso también nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!”

Hagamos nuestro el mismo clamor: “nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!” progresando continuamente, sin abandonar a Jesús en momentos difíciles, caminando según el Espíritu y no según los criterios egoístas de la carne, portándonos con sensatez en la familia y en la sociedad. Hagamos nuestra la bella confesión de fe de Pedro, diciendo como él: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS.

 

[1] Orígenes, Peri Arjón  IV, 2, 4; GCS 22, 312-313.

 

 

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