Lecturas: Dt 8, 2-3. 14-16; 1Cor 10, 16-17; Jn 6, 51-58.

 

 

Celebramos hoy el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Esta es una fiesta popular y hermosa que nos recuerda que la Eucaristía es signo y sacramento de amor de Jesús para todos, especialmente para los pobres. En efecto, Jesús manifestó su predilección por los marginados a través de múltiples gestos. Uno de ellos, quizá el más importante y significativo, fueron sus comidas. En la experiencia básica de la comida compartida, Jesús nos comunica y revela al Dios de los pobres, al Dios humano y sencillo.

La participación en la mesa común es un rasgo característico del ministerio de Jesús. Jesús comió con toda clase de personas: publicanos y pecadores[1], como Zaqueo[2]; fariseos importantes[3], mujeres[4], samaritanos[5]. Jesús no excluyó a nadie, aunque él mismo sí fue excluido de algunas comidas por su condición de judío marginal. Los evangelios nunca lo presentan comiendo con los dirigentes del poder religioso (sacerdotes y miembros del sanedrín), con los letrados o los políticos.

Pero Jesús compartió la mesa sobre todo con los más pobres, con los últimos, los que no tenían ni para comer. En ese sentido hay que leer los relatos de la multiplicación de los panes, atestiguada por los cuatro evangelios[6]. Y él mismo aconseja a sus discípulos que, cuando ofrezcan un banquete, no inviten a los parientes y vecinos ricos, sino a los pobres, lisiados, cojos y ciegos[7].

Es interesante notar que Jesús no se sometió a las normas rituales religiosas sobre la comida y la alimentación: el ayuno[8], las purificaciones rituales[9], los alimentos puros e impuros[10]. Porque lo primero para él no es el ritualismo religioso, sino la experiencia humana que se expresa en la comensalía: la cercanía de un Dios que invita a todos a la mesa.

En efecto, la parábola del gran banquete del Reino indica que el lugar en el que el Padre se hace presente y se da a conocer de manera patente es la mesa compartida, el calor y la intimidad de la cena. Si los primeros invitados no acuden al banquete, por estar ocupados en sus intereses personales, aquellos que no tienen nada que perder aceptan gustosos la invitación[11]. Eso nos indica que quienes saben disfrutar y compartir la vida con otros, son más capaces de entender las cosas del Reino, que quienes orientan toda su vida en términos de productividad y rentabilidad.

En la comensalía se simboliza el Reinado de Dios, porque es en la comida compartida donde se expresa lo más humano de nuestra condición, la necesidad que tenemos de alimentarnos, y nuestra necesidad de compañía, de escucha, acogida y relación humana. En las comidas nos acercamos unos a otros y rompemos nuestro aislamiento; en las comidas aliviamos penas y celebramos amistades, hacemos comunión y nos fundimos en proyectos. En el acto de compartir la mesa es donde también se marcan mejor las diferencias que separan a los distintos grupos sociales. Por eso las comidas de Jesús simbolizaban su proyecto de Reino[12].

Jesús se despidió de los suyos en el contexto de una cena, y en la comensalía nos dejó el sacramento que nos identifica como cristianos: la Eucaristía. Lo mismo hizo después de resucitar, de modo que sus discípulos podían reconocerlo “al partir el pan[13]”.

Para entender la Eucaristía es necesario colocarla en el contexto de las comidas de Jesús y de su opción por los pobres y marginados. Porque la eucaristía es un banquete abierto a todos, en el que conmemoramos el amor hasta el extremo del Maestro que dijo: “esto es mi cuerpo, esta es mi sangre…haced esto en memoria mía”.

Nosotros estamos llamados a hacer de nuestra vida una eucaristía, una entrega libre y continuada como la de Jesús. Estamos invitados a repetir junto con Jesús: “esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”. Esta fue una de las grandes intuiciones de Concepción Cabrera de Armida: el hacer de toda su vida una eucaristía continuada. Jesús la invitaba a ello: “Ésa es la misión del Sacerdote, la cual tú debes desempeñar; la de decir, “ÉSTE ES MI CUERPO, ÉSTA ES MI SANGRE”; y no es que sea el de ellos sino el Mío en su unión, el Mío en su transformación en Mí: porque al ofrecerme, no es la pobre criatura por si, o en si, la que me ofrece, soy Yo en sus labios, soy Yo en su corazón, en su cuerpo y en su sangre; y por eso, ese sacrificio, esa oblación, es grata a mi Padre y alcanza gracias.”

Al repetir, junto con Jesús, “esto es mi cuerpo, ésta es mi sangre” estamos confesando que la vida toda de Jesús y su muerte son un acto de entrega: es Dios quien entrega a su propio Hijo, es Jesús quien se entrega a sí mismo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que tenga vida eterna y no perezca ninguno de los que creen en Él[14]” Nuestra vocación es una llamada a vivir prolongando esta entrega. Es una llamada a vivir entregándonos como una Eucaristía continuada.

 

Antonio Kuri Breña, MSpS.

 

Imagen destacada: Triunfo de la Fe Sobre los sentidos, de Juan Antonio de Frías y Escalante, 1667. Obra en el Museo del Prado, Madrid. España.

 

[1] 1 Mc 2, 15-17.

[2] 2 Lc 19, 5-7.

[3] 3 Lc 14, 1.

[4] 4 Lc 10, 38-39.

[5] 5 Jn 4, 7-9; 4, 41.

[6] 6 Mt 14, 13-21; Mc 6, 30-44; Lc 9, 10-17; Jn 6, 1-14.

[7] 7 Lc 14, 12-13.

[8] 8 Mc 2, 18-22.

[9] 9 Mc 7, 1-7.

[10] 10 Mc 7, 17-23.

[11] 11 Mt 22, 1-10; Lc 14, 15-24.

[12] 12 Ver, por ejemplo, Mt 8,11; Mc 14, 25; Lc 6,20.

[13] 13 Lc 24, 35.

[14] 14 Jn 13, 16.

 

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