Lecturas: Is 63, 16-17.19; 64, 2-7; 1Cor 1,3-9; Mc 13, 33-37.

 

Hoy la liturgia nos recuerda de manera entrañable que “Dios es nuestro padre y nuestro redentor y que ése es su nombre desde siempre.” El Misterio divino que nos envuelve es una realidad benevolente, favorable, cercana, cálida, protectora. Esta concepción de Dios se aleja de la imagen de un Dios temible y terrible, castigador y justiciero, que es la imagen prevalente en muchas conciencias.

Los fragmentos del libro de Isaías que escuchamos corresponden al Tercer Isaías (caps 56-66 del libro). Este Tercer Isaías refleja los años de la reconstrucción (por el 500 a.C.). Cuando al feroz imperio Babilónico le siguió el imperio Persa, algunos de los israelitas exiliados pudieron regresar a su país e iniciar la labor de reconstrucción de la ciudad de Jerusalén y su nuevo templo, tal como queda consignado en el libro de Esdras: “nuestros padres irritaron al Dios del cielo, y éste los entregó en manos del caldeo Nabucodonosor, rey de Babilonia, que destruyó este templo y deportó el pueblo a Babilonia. Sin embargo, el primer año de su reinado, Ciro de Babilonia ordenó reconstruirlo. Además, los objetos de oro y plata que Nabucodonosor se llevó del templo de Jerusalén al de Babilonia, el rey Ciro mandó sacarlos de este último y los consignó a un hombre llamado Sesbasar, al que nombró gobernador, diciéndole: Toma estos objetos, ve a llevarlos al templo de Jerusalén y que reconstruyan la casa de Dios en su mismo sitio.”(Esd 5,12-16).

Los años de reconstrucción no fueron años de esperanza, sino más bien años desastrosos para Judá, por la enemistad entre grupos rivales, por el deterioro de la situación socio-económica, por la corrupción de los líderes políticos y religiosos, por el desánimo, el pesimismo y el negativismo que imperaban en el ambiente, y por el espíritu vindicativo que buscaba chivos expiatorios y quería excluir y marginar de la
nueva comunidad a los extranjeros y a las minorías.

Isaías refleja esta situación, cuando expresa: “Estabas (Señor) airado, porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes. Todos éramos impuros y nuestra justicia era como trapo asqueroso; todos estábamos marchitos como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre, nadie se levantaba para refugiarse en Ti, porque nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestras culpas.”

En este contexto de desánimo generalizado, Isaías habla como profeta de esperanza y alegría, invocando la presencia paternal renovadora de Dios: “¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte? Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus que son tu heredad. Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia. Descendiste y los montes se estremecieron con tu presencia. Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro Dios, fuera de ti, hiciera tales cosas a favor de los que esperan en él. Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos… Señor, Tú eres Nuestro Padre; nosotros somos el barro y Tú el Alfarero; todos somos hechura de tus manos.”

La plegaria del profeta fue escuchada y Dios nos volvió a dirigir su palabra. Cuando los evangelistas recogen el evento del bautismo de Jesús, aluden a este texto de Isaías. En efecto, ellos coinciden en que, cuando Jesús fue bautizado, se abrieron, se rasgaron los cielos: a través de Jesús, Dios rompe su silencio y vuelve a pronunciar su Palabra.

Desde tiempos del exilio, el pueblo sentía a su Dios lejano y callado; en Jesús se rasgan los cielos y Dios entra nuevamente en comunicación directa con la tierra. En Jesús, el Verbo, el Logos, la Palabra de Dios se hace carne y asume nuestra debilidad y nuestro barro. Dios vuelve a dirigirnos su Palabra. En Jesús, Dios como divino Alfarero moldea nuestro barro y saca de él una obra maravillosa.

Vivimos tiempos muy parecidos a los que vivía Israel en la época de su reconstrucción. Son éstos tiempos de crisis económica, de corrupción política y de pesimismo social. También hoy clamamos, con el Salmo: “Señor, Dios de los Ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que Tú mismo cultivaste.”

Pero, ¿cómo nos visitará el Señor? Sin duda que lo hace, pero no de una manera directa o inmediata, mucho menos mágica. Él actúa, sí, pero siempre a través de mediaciones que lo revelan y a la vez lo ocultan. El Señor, Dios de los ejércitos, vuelve sus ojos, mira su viña y la visita a través de cualquier persona que lucha a favor de la vida, la justicia y la paz, desde cualquier trinchera. Y más si esa persona lo hace sin desmayar, sin aletargarse, sin desanimarse. Ella, la persona o el grupo de personas que haga eso, está siendo mensajera del Dios de la vida.

¿Qué nos toca hacer, pues, en estos tiempos inciertos? Nos toca permanecer en vela, despiertos, discirniendo y actuando. Como nos lo dice Jesús: ”Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo. Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta.

Yo creo que esta invitación a permanecer alerta no se refiere al momento de nuestra muerte; o al menos, no prioritariamente. Quizá se refiere más bien al momento presente, a nuestro aquí, a nuestro ahora. Porque es en el hoy de nuestra vida en el que hemos de estar preparados y en vela, haciendo lo que nos toca hacer, responsabilizándonos plenamente de cada pensamiento nuestro, de cada sentimiento, de cada palabra, de cada intención, de cada acción, de nuestra vida toda. Si Dios nos ha enriquecido con abundancia, si no carecemos de ningún don, podemos permanecer en ese esfuerzo. Como nos recuerda el apóstol Pablo, Dios es fiel; esa es nuestra esperanza.

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, msps.

 

Imagen destacada: “Siéntate y quédate en silencio … Asola, contigo mismo… Escucha … Espera … Que seas encontrado.” – pintura de Beth Sulleza RSCJ (PHI)

 

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