Lecturas: Dt 5,12-15; 1Cor 12, 3-7.12-13; Jn 20, 19-23.

Los seres humanos, desde las civilizaciones antiguas, hemos erigido normas de convivencia para cuidar la vida de la comunidad. Así nacen las leyes y las prohibiciones. Pero con frecuencia nos quedamos con la “letra” y perdemos el “espíritu”. Es decir, nos casamos con la norma, la fijamos, la volvemos inamovible, la sacralizamos y la “hipostasiamos.” Y así olvidamos el sentido original por la cual una norma había sido erigida. En este proceso, la norma ya no está más a favor del hombre, sino que el hombre termina siendo esclavo de la norma.

De esto es de lo que nos hablan las lecturas de este domingo. El libro del Deuteronomio nos recuerda la razón fundamental del sagrado Sabbat, que era una razón de eminente equidad social: “Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que te sacó de allí el Señor, tu Dios, con mano fuerte y con brazo extendido. Por eso te manda el Señor, tu Dios, guardar el día del sábado.” El sentido profundo de guardar el sábado era evitar la esclavitud, la explotación de cualquier persona o animal: “Guarda el día del sábado, santificándolo, como el Señor, tu Dios, te ha  mandado. Durante seis días trabaja y haz tus tareas; pero el día séptimo es día de descanso dedicado al Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni tu ganado, ni el inmigrante que viva en tus ciudades, para que descansen como tú, el esclavo y la esclava.”

¡Cuánta actualidad tiene este límite social marcado por el mandamiento! No explotar laboralmente ni a ti mismo, ni a tu hijo, ni a tu hija, ni a tu esclavo, ni a tu esclava, ni a tu buey, ni a tu asno, ni a tu ganado, ni al inmigrante que viva en tus ciudades, para que descansen como tú, el esclavo y la esclava. En esta sociedad del hiper-consumo y la sobre-producción, resulta que miles de personas -migrantes, niños y niñas, mujeres y hombres- viven jornadas laborales extenuantes con salarios de hambre, y son esclavizados. También los animales, y los recursos naturales en general, son sobre exigidos.

El Sabbat tenía pues, un profundo sentido para cuidar del anhelo de equidad, de paz, de vida digna y bienestar para todos. Pero al pueblo de Israel le pasó lo que con  frecuencia nos sucede a otras civilizaciones. Se quedaron con la letra y olvidaron el espíritu. Esto es lo que denuncia Jesús, al recordar solemnemente que “el sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado.”

Jesús manifestó una extraordinaria libertad frente a las leyes sagradas. Esta es una libertad no siempre fácil de sostener, pues a nosotros se nos ha enseñado a ser obedientes ante la autoridad, más si esta es una “autoridad sagrada”. Y la verdad es que Jesús fue bastante desobediente. Supo mantenerse firme ante sus convicciones, aún y cuando no contara con la aprobación de quienes detentaban la autoridad. Y esto sí que es muy revolucionario. El evangelio de hoy nos cuenta una situación que va de esto que estoy hablando.Cuenta Marcos que “un sábado mientras atravesaba unos campos de trigo, sus discípulos se pusieron a arrancar espigas. Los fariseos le dijeron: —Mira lo que hacen en sábado: ¡Algo prohibido! Les respondió: —¿No habéis leído lo que hizo David cuando él y sus compañeros pasaban necesidad y estaban hambrientos? Entró en la casa de Dios, siendo sumo sacerdote Abiatar, y comió los panes consagrados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y los compartió con sus compañeros.”

Jesús, el “desobediente”, argumenta con la misma Escritura la razón de su desobediencia: en caso de necesidad hasta el rey David infligió la norma sagrada. ¡Toma ya! ¡Qué alevosía la del Maestro de Nazaret que esto declara ante sus “colegas” los fariseos! Pocas personas se movieron con tanta libertad frente a la autoridad como Jesús.

En seguida, Marcos relata una controversia semejante, pero todavía más grave: “Entró otra vez en la sinagoga, estaba allí un hombre que tenía la mano paralizada. Los fariseos estaban espiando a Jesús para ver si lo sanaba en sábado, y así acusarlo. Dijo Jesús al hombre de la mano paralizada: —Levántate y ponte en medio. Y les preguntó a ellos: —¿Qué está permitido en sábado? ¿Hacer el bien o el mal? ¿Salvar la vida o dar muerte? Ellos callaban. Entonces los miró indignado, aunque dolorido por su obstinación y dijo al hombre: —Extiende la mano. El hombre la extendió y su mano quedó sanada.”

El arrojo de Jesús no deja lugar a duda. Los fariseos actúan con turbiedad; espían, están al acecho para ver si pueden acusar de algo a Jesús. Jesús, en cambio, desenmascara provocativamente el engaño. En lugar de sanar al tullido “discretamente” y así quedar bien con todos, le dice al enfermo: ¡ponte allí en medio! Luego encara frontalmente a quienes lo espían, preguntándoles: ¿Qué está permitido en sábado? ¿Hacer el bien o el mal? ¿Salvar la vida o dar muerte? Y al ver que ellos callaban, actúa decididamente y ordena al hombre: ¡Extiende la mano! El hombre la extendió y su mano quedó sanada.

Jesús, el desobediente. Ojalá aprendiéramos nosotros esta desobediencia tan valiente. No es fácil, no. Tampoco lo fue para Jesús, pues los fariseos salieron inmediatamente y deliberaron con sus adversarios políticos los herodianos la forma de acabar con él. Y sabemos que encontraron esa forma, por la muerte trágica que sufrió Jesús.

¿Qué significa ser desobedientes? Significa poder mantenerse en ti mismo, aunque no tengas la aprobación de quienes están “por encima de ti”. Mantenerte preguntando, no simplemente asintiendo obsequiosamente. Sostener tus convicciones, con humildad y apertura, y a la vez con firmeza. Sin empecinamiento, pero con seguridad. Desde luego que no nos enseñan esta forma de desobediencia. Sabemos someternos o rebelarnos, pero no ser responsables. Es decir, no siempre somos capaces de responder por nuestras palabras, sentimientos, deseos, acciones e intenciones. Y tampoco asumimos siempre todas las consecuencias. ¡Qué ejemplo brutal nos da hoy nuestro Maestro!

 

Antonio Kuri Breña Romero de Terreros, MSpS

 

Imagen destacada: Curación del Paralítico en la piscina probática,  1670, de Bartolomé Esteban Murillo. Actualmente en Londres, Natonal Gallery.

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